El cerebro está constituido por millones de células que se interconectan en sistemas, interrelacionados entre sí para mantener un equilibrio y regular las funciones.

Esta interacción entre las neuronas se lleva a cabo por impulsos eléctricos que en la actualidad es posible registrar. A este registro se le denomina electroencefalograma (EEG). El primer registro de esta naturaleza fue realizado en 1935 por Hans Berger y desde esa fecha el electroencefalograma se convirtió en un estudio de mucha utilidad para evaluar el funcionamiento cerebral en diversas enfermedades. Es conocido por el público en general y no resulta extraño que los pacientes soliciten que se les haga este procedimiento “para saber su diagnóstico”.

En nuestra época el electroencefalograma se realiza mediante un sistema de registro similar en cualquier gabinete, tanto en nuestro país como en el resto del mundo. El sistema para la colocación de los electrodos (pequeñas placas metálicas con un cable) en la superficie de la piel cabelluda se denomina sistema internacional 10-20 y el aparato capta las diferencias de potencial (de la corriente eléctrica) que se producen entre un electrodo de registro y otro. La manera de colocar los diferentes electrodos se denomina montaje y también de éstos hay un sistema más o menos uniforme. El procedimiento se hace también en condiciones similares: en vigilia, en reposo físico y mental y con los ojos cerrados. De esta manera se registra la actividad predominante (de fondo) y cualquier anormalidad que modifique ese ritmo o haga aparecer ondas diferentes. Para favorecer la aparición de anormalidades que pudieran ser diagnósticas de epilepsia se utilizan métodos de activación: sueño, hiperventilación (respiración profunda y rápida), estímulos sonoros y estímulos visuales intermitentes. De esta forma se obtiene el electroencefalograma, cuyo trazo dura alrededor de media hora.

A diferencia del sistema eléctrico del corazón, que produce una actividad con ondas de similares características que se repiten una y otra vez, el electroencefalograma nunca se repite igual.

Dado que las manifestaciones de la epilepsia son consecuencia de la producción de descargas eléctricas anormales, el uso del electroencefalograma como método de diagnóstico podría parecer de mucha utilidad, sin embargo, si no coincide la presentación de una crisis al momento de la toma del EEG, éste puede ser normal y eso no invalida el diagnóstico de crisis epilépticas. Si la crisis coincide, el electroencefalograma es de sumo valor, pues complementa el diagnóstico, que según la clasificación, incluye el cuadro clínico y el trazo electroencefalográfico durante la crisis o en el periodo entre una crisis y otra (período intercrítico). Lo frecuente es que la toma del EEG se realice en el periodo intercrítico y entonces puede ser normal o bien, mostrar sólo algunas alteraciones.

El EEG es muy útil para el diagnóstico de algunos casos tales como las ausencias de la niñez, que tienen un trazo característco consistente en punta-onda lenta de 3 Hz; la polipunta onda lenta va con las mioclonias, la hipsarritmia con los espasmos infantiles del síndrome de West, puntas en oposición de fase con crisis parciales, etc.

Existen avances en cuanto al registro electrencefalográfico, tales como el análisis de frecuencias, el mapeo cerebral, el registro con electrodos de colocación especial (nasofaríngeos, esfenoidales, subdurales, etc.) y la telemetría con filmación simultánea en video.

La evaluación del EEG debe ser muy cuidadosa y correlacionarla con el cuadro clínico. Cabe remarcar que la población normal puede tener anormalidades electroencefalográficas, por lo que el EEG puede influir en el diagnóstico y en la elección o suspensión de un tratamiento, pero nunca se debe dar tratamiento al electroencefalograma sino al paciente con todas sus manifestaciones.